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lunes, 06 de septiembre de 2010

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¿Se puede permanecer siempre enamorado?

La respuesta según los expertos es que sí, aunque cueste creerlo en un mundo donde se producen tantas rupturas de parejas. Lo cierto es que hay que conocer los secretos que hay detrás del privilegio que supone saber mantener una relación sólida día tras día, año tras año.

safor guia_05/05/2010

Para el psicólogo Antoni Bolinches, la norma básica es recordar que la pareja es para quien lo trabaja, y quien se siente implicado en un amor enriquecedor, debe madurar en la gestión de conflictos que toda relación implica. Si los superamos, nos enriquecemos y damos una nueva opción a la relación, si no aprendemos y culpabilizamos al otro, ni nos mejoramos a nosotros ni mejoramos la relación.

Atracción, deseo, amor, estar enamorado.... ¿cuál es la diferencia?
Uno de los grandes errores que cometemos es que confundimos atracción con estar realmente enamorado. Hay que diferenciar entre amor, estar enamorado, y sentir atracción o deseo sexual. Al comienzo de una relación, confluyen las necesidades afectivas y sexuales de dos personas, además de la atracción física mutua, pero si no se añaden otros factores que consolidan el vínculo (caracteres compatibles, escala de valores similar y proyecto de vida convergente) el enamoramiento se diluye en cuanto se consume la relación sexual.
Se trata de alimentar ese amor día a día, no podemos relajarnos. Vivir enamorado también implica etapas malas, en la que un miembro de la pareja atraviesa momentos difíciles. Significa también perdonar, pero sabiendo cuál es el límite entre flexibilidad y falta de respeto. Una vez que se consigue el acoplamiento entre ambas formas de ser, viene una etapa tranquila y placentera en que puede haber desencuentros, pero nunca en lo fundamental. Es muy importante para esto el uso del sentido del humor y la comunicación.
¿Cuáles son los problemas que pueden llevar a la pareja a querer abandonar la relación?

Uno de ellos es la baja resistencia a la frustración. Es frecuente encontrarnos con parejas, que, en cuanto empieza a menguar la pulsión amorosa, en vez de trabajar por la relación, la abandonan y se implican en un nuevo proyecto que comienza en la fase pasional. Consideramos que en estos casos, se actúa demasiado rápido, sin meditar la decisión.
El error está en que ponemos grandes expectativas en la otra persona, y cuando vemos que no se cumplen, se abandona la relación. Falta paciencia, trabajo y tiempo para la exploración mutua, en la que se va viendo cómo es el otro. Las prisas no son buenas compañeras, ni en el amor ni en el desamor. Por eso, todos los expertos recomiendan que, antes de lanzarse a otra relación, hay que recuperar el equilibrio emocional, para no actuar por huida o despecho. La seguridad y la autoestima son dos pilares: estar seguro ante las dificultades y no dudar de la propia valía. Estar bien con uno mismo es el punto de partida para nuestra andadura en pareja. Luego, se hace camino al andar, como decía Saint-Exúpery: “El amor es la única cosa que crece cuando se reparte”.

La química del enamoramiento
Cuando dos personas se enamoran, se dice que entre ellas hay química. No es sólo una metáfora. Durante el enamoramiento, se gestan en el cerebro unas sustancias nerviosas: hormonas y neurotransmisores, que inciden en la inteligencia, la memoria, el aprendizaje y los sentimientos. En este laboratorio del sistema nervioso se fabrican los elementos bioquímicos que “fabrican” el amor.
A lo largo de la vida, nos enamoramos probablemente cuatro o cinco veces. Los hay más enamoradizos y menos, pero ésa es la media. Estos enamoramientos provocarán una revolución psicofísica capaz de crear un alto nivel de satisfacción. Se dice que cuando un enamorado es correspondido, es feliz. Feliz y trasformado físicamente, porque afecta a casi todo el cuerpo: músculos, intestinos, corazón, vello, pupilas, vejiga, genitales...todo está involuntariamente desbordado, todo desobedece a la razón.
Los principales responsables de esta conmoción son los neurotransmisores: oxitocina y dopamina. La oxitocina es la primera clave en el establecimiento de vínculos afectivos. También llamada “hormona del apego”, despierta el deseo de pasar largo tiempo juntos, sin sentir cansancio, sueño ni agotamiento. La oxitocina es responsable de abrazos, encuentros, ternura, cartas amorosas, llamadas telefónicas reiteradas, y quizás de alguna locura de amor, ésas que se hacen sólo por estar un rato a escondidas o por robar un beso apasionado.
El otro neurotrasmisor es la dopamina. Potencia la actividad del cerebro interno, donde se procesan las emociones, y rebaja la actuación del cerebro más “racional” (corteza cerebral). Gracias a la dopamina, a los enamorados les interesa mucho más sus sentimientos que su cuenta corriente, mucho más una mirada apasionada que un éxito laboral. Minimiza sus problemas y se sienten, no sólo felices, sino guapos, fuertes y hasta buenos. Y lo serán, porque el amor hace dar lo mejor de cada uno de nosotros.
Se ha estudiado la acción de otra sustancia: feniletilamina que hace que el enamoramiento y todo lo que conlleva pueda parecerse a una adicción. Porque los adictos al amor, se habitúan a su emoción, a esa intensidad que con el tiempo va desvaneciéndose, y aparece el desamor, los celos, la inseguridad o el miedo a la pérdida. Ésta es la razón por la que decimos que tiene efectos similares al síndrome de abstinencia de un adicto. Una persona que ha visto desbaratarse su pareja verá alterado su equilibrio orgánico, probablemente pierda peso, tendrá insomnio, se sentirá deprimido/a y su sistema inmune se debilitará.
Pero, por suerte o por desgracia, este enamoramiento intenso es pasajero y breve. Ortega y Gasset lo llamó estado de “imbecilidad transitoria”. Tras la fase de enamoramiento, llega otra distinta: la pareja se amará a partir de ahora de modo sosegado, pacífico y seguro, y este sentimiento se potenciará por la acción de las endorfinas. Las endorfinas son una especie de opiáceos, que también se producen por la práctica de actividades placenteras, como el baile o el deporte. Por esta razón, el declive químico de la oxitocina y dopamina no anula el amor, es decir, no se deja de amar cuando se deja de estar enamorado, sino que a partir de este momento, y gracias a la actuación de las endorfinas, la pareja se amará con un amor más maduro.

La matemática de la relación
El psicólogo Antoni Bolinches utiliza el símil del amor con una cuenta bancaria para explicar lo que él mismo llama la matemática de los sentimientos: “Para abrir una cuenta se necesita un capital inicial (el amor). Luego, el dinero crece en la misma proporción en que ingresamos. Así, se entiende la ley de la incidencia, por la que en el amor, todo lo que no suma, resta. Los detalles suman, y los olvidos restan. La ley de la incidencia tiene dos principios: el de habituación, que rige para lo bueno, y el de la saturación, para lo malo. Como a lo bueno de la pareja nos acostumbramos, con el tiempo nos parece menos bueno; en cambio, lo malo, como no nos acostumbramos, es más malo.
Al final, el valor de una relación es siempre inferior al inicial; pero si el balance es positivo, la pareja se estabiliza.
El problema es que ingresamos poco y queremos sacar mucho y buscamos mejores condiciones en otro banco. Para evitarlo, no debemos olvidar cómo favorecer la rentabilidad sentimental: aporta lo que puedas sin esperar grandes beneficios, recuerda que para hacer reintegros necesitas saldo positivo, y que, si no tienes patrimonio, es difícil que te concedan un crédito”.

Algunas referencias bibliográficas:
Antoni Bolinches: “El arte de enamorar”
y “Amor al segundo intento” .
María Jesús Álava: “Amar sin sufrir”.

Psicología Clínica, Rosa Malonda
C/ Rótova, 28 - 3º - pta, 7. Gandia.
Tel. 615 466 920


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