Menorca: Paisajes que te atrapan
Menorca, la menor de las Baleares, es una isla encantada que navega en medio del mar. Bautizada con el nombre de Isla Blanca y Azul por sus finas e inmaculadas arenas y sus cristalinas y reflejantes aguas, dibuja un bello espectáculo para la retina. Envuelta de encanto, el visitante encuentra la paz y se deja llevar por el característico sonido del viento, fruto del azote sobre los acantilados, encerrados en los apenas 701 km2 de extensión y rodeados del Mediterráneo. Descubre la isla y déjate seducir por su magia. Seguro que no te defraudará.
Joan Estornell_
29/07/2009
Bien la vía área o la marítima, son las dos opciones que existen para desembarcar en la también llamada isla del viento. Quien opte por el primer medio de locomoción tendrá la suerte, además, de contemplar desde las alturas la estampa magnífica que dibuja un maravilloso mapa de relieve, con sus colinas y sus llanos, sus bosques y sus tierras de cultivos, con sus prados y vacas.
A partir de ese momento, enfundado con las típicas abarcas, calzado plano típico preparado para pisar firmes ?ya que muchas veces son de piedra?, se abre una ventana de espléndida naturaleza que esconde pequeños tesoros por descubrir. Cada rincón guarda una sorpresa: la estampa que dibujan las casas encaladas de arriba a abajo, con sus ventanas verdes por las que fluye una luz muy tenue cuando están cerradas; los gratificantes y bellos acantilados desde donde la puesta de sol se percibe como una fusión entre el mar y el astro. También las playas llenas de paz que sorprenderán por su encanto, son otra parada inestimable de un viaje que se puede realizar perfectamente en una semana.
Las calas son el elemento por excelencia de una isla más explotada que Formentera, pero menos frecuentada que su hermana mayor, Mallorca, a la que no tiene nada que envidiar, salvo su catedral. La multitud de calas, ensenadas y puertos naturales, de todo tipo, gusto y medida están al alcance del visitante. Hay calas estrechas y prolongadas que recuerdan los fiordos noruegos. Otras rodeadas de peñascos oscuros a los que se aferran los arbustos doblegados por el viento. El visitante puede dejarse seducir por las playas resguardadas, de finísima arena blanca, donde las imperceptibles olas rompen una serie de ánforas de fino cristal de bohemia llamadas Turqueta, Macarelleta, Galdana o Algaiarens. En estas se puede contemplar todo un círculo cromático de azules de la paleta; desde el oscuro, hasta el turquesa pasando por el celeste, combinándose con el color cálido de las arenas.
Es un viaje para hacer ejercicio y sobre todo andar y disfrutar de los infinitos paisajes. Que nadie espere aparcar el coche y bajar a la playa, antes habrá que dar un ligero paseo entre pinos y encinas, para descubrir las playas vírgenes escondidas en pleno ambiente de montaña. Pero no todo es sol y paisaje, Menorca con sus ciudades, Maó, Ciutadella y Alaior, al margen de sus villas, también posee su historia, sus monumentos megalíticos que se muestran impasibles ante el paso del tiempo, frente a las anuales cabalgatas ?jaleo? donde los caballos y jinetes son protagonistas y núcleo de sus fiestas.
Es imprescindible comerse una buena caldereta de langosta en Fornells con su respectiva copita de gin al final, visitar el puerto de Maó, recrearse por la catedral, saborear la sobrasada menorquina combinada con su queso, o visitar a media tarde la Cova de?n Xoroi, un enclave envuelto de leyenda y magia donde poder contemplar la puesta de sol desde uno de sus miradores. Desde aquí el sol, en el horizonte, poco a poco se despide del turista y le da las gracias en nombre de Menorca.